lunes, 11 de febrero de 2013

I

Apareciste Anuarí, cuando yo con mis ojos ciegos y
las manos tendidas te buscaba.
Apareciste, y hubo en mi alma un estallido de vida. Se
abrieron todas mis flores interiores, y cantó el ave de
los días festivos.
Me amaste, Anuarí, y alcanzé la gloria suspendida en
tus brazos.
Desapareciste, y quedé sola, los ojos náufragos en noche
de lágrimas.
Bondadosa ha vuelto tu sombra, entre ella y el sepulcro
espera una hora mi alma.




Teresa Wilms Montt

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