martes, 29 de septiembre de 2009

No te vayas más...


Y cuando miro detenidamente sus ojos notó en aquellos un dejo de inseguridad, de miedo a adentrarse cada vez más, miedo a experimentar. Como si ya hubiesen sufrido demasiado y estuviesen hartos de conocer, como si con su pasado ya lo hubiesen vivido todo y ya no dan para más. Y comienzo a pensar que algo muy doloroso debió haberles dejado una marca tan profunda, una herida aún abierta o, quizás, completamente consumada pero que el sólo recuerdo de aquella experiencia les producen un apretón tan fuerte en el pecho, como si con ese recuerdo se les fuera su último aliento, como si con el corazón apretado se les fuera la vida.

Y no son capaces de luchar, porque ya son
un alma vencida.

Por suerte aún no es un viejo cuerpo sin alma y muerto entre los muertos.


Y pensar que por primera vez podría haber jurado que poseía esa encantadora escencia que me vuelve loca y que se vuelve loca si no hace al menos una locura por año.

Tristezas de la Luna


Esta noche, la luna sueña más perezosa;
lo mismo que una belleza, sobre muchos cojines,
que con una mano distraída y ligera acaricia
antes de adormecerse la línea de sus pechos,

sobre la brillante espalda de blandas avalanchas,
moribunda, se entrega a largos desmayos,
y pasea sus ojos por las blancas visiones
que se alzan en el azul como floraciones.

Cuando a veces sobre este globo, en su lánguidos ocios,
deja caer una lágrima furtiva,
un poeta piadoso, enemigo del sueño,
en el hueco de su mano recoge esa lágrima pálida,
de irisados reflejos como un fragmento de ópalo,
y a los ojos del sol en su pecho la oculta.